Injusticias migratorias

El 9 de mayo un ciudadano egipcio prepara sus maletas para ir a Ecuador, donde debe encontrarse con su prometida, española, quien le espera ya en el país desde hace 3 días. Ambos están muy emocionados puesto que ese viaje representa más que nada un reencuentro tras más de 10 meses sin verse. Llevan todo ese tiempo separados no por voluntad propia sino por la de quienes han fijado unas políticas de migración muy estrictas para el que no porta un pasaporte privilegiado. Él había intentado visitar a su prometida en Marruecos, donde ella trabajaba un año atrás, pero fue denegada su visa. Su prometida entonces le visitó a él en Egipto durante sus vacaciones de verano. Un año más tarde sucede lo mismo en Grecia, último lugar de trabajo de su prometida y es entonces cuando se dan cuenta que si quieren seguir con su relación deben salir fuera de la fortaleza europea y sus vecinos estratégicos. Todo sería más fácil si se casaran, sí, pero no quieren que sean unas políticas absurdas quienes marquen los tiempos en su relación ni su destino. Se casarán cuando ellos lo decidan. Ambos están dispuestos a dejar a un lado sus compromisos laborales y sacrificar sus ahorros para poder reencontrarse en algún lugar del mundo durante 3 meses, el máximo que se permite en la mayoría de países sin poseer un permiso de residencia. Tras ojear el globo terráqueo y descartar países donde soliciten visa a los egipcios, se quedan con dos opciones: Filipinas o Ecuador. Se decantan finalmente por Ecuador porque ambos siempre han sentido una fascinación por visitar Latinoamérica. Pero en su tránsito a Colombia las autoridades migratorias le paran junto con un grupo de pakistaníes, guineanos y un libanés que viajaban en el mismo vuelo desde Turquía. Sospechan que no son turistas convencionales. Tras varias horas de inspección, les permiten continuar a su destino final. Pero en el aeropuerto de Quito, la prometida observa, lágrimas en los ojos, como uno a uno los pasajeros del vuelo salen por la puerta de llegadas y él no está entre ellos. Contacta con la aerolínea y descubre que está retenido con los agentes de Migración porque no ha sido admitido al país. No está solo, todo el grupo que fue retenido en Bogotá está también con él. Tras hacer muchas llamadas, la prometida consigue hablar con Migración del aeropuerto para preguntar por el motivo de su retención pero rechazan darle respuesta y le indican que vaya al día siguiente a la oficina de Migración de la ciudad. Así lo hace pero desde Migración le dicen que no pueden hacer nada puesto que la decisión ya ha sido tomada y ahora está en manos de la aerolínea. El motivo de la inadmisión es que no cumplía el perfil de turista pero se niegan a dar detalles del por qué. Entre tanto, el ciudadano egipcio es enviado de vuelta a Bogotá, último país de tránsito. Gracias a la mediación de un abogado, se contacta con Migración Colombia quien le indica que para poder dejarle volver a Ecuador necesitarían una confirmación por escrito de las autoridades responsables en Ecuador donde conste que no tiene prohibición de ingreso. Pero de nuevo, entre tanto, el ciudadano egipcio es puesto en un vuelo rumbo a Turquía. Inmediatamente, sin tiempo que perder, se continúan las gestiones con la embajada egipcia en Turquía pero se informa de que el ciudadano está obligado a regresar a su país de origen para cerrar el proceso de inadmisión. El 13 de mayo el ciudadano egipcio llega al aeropuerto del Cairo, tras 5 días de humillaciones y sueños rotos. Él está traumatizado por la experiencia que le ha hecho sentirse como un criminal, escoltado todo el tiempo por otras personas y no quiere volver a viajar más. Su prometida, en cambio, le jura que luchará para hacer que vuelva a Ecuador y tras varios días desde Migración le informan que podría regresar puesto que la nueva ley de Movilidad Humana no impone prohibición de ingreso para quienes no "justifiquen su condición migratoria". Pero ya han agotado sus recursos económicos como para comprar un nuevo billete de ida y vuelta que está en torno a los 1500 euros. Por eso permanece en el país, determinada a llegar hasta el final para resolver la situación. No se han recorrido medio mundo para nada. Además quiere devolverle su derecho a salir de su propio país, tal y como está recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en el artículo 13, y sobretodo, quiere devolverle la dignidad que le robaron de aeropuerto en aeropuerto.

Añade tu comentario